
Kafka Tamura, un adolescente de 15 años, se escapa de casa en busca de su destino, nada halagüeño por cierto, ya vaticinado por su padre.
El señor Nakata, con aspecto de abuelo pulcro, que sufrió de niño un extraño percance que lo dejó sin memoria y sin capacidad de aprender otra vez lo olvidado, vaga por su barrio, encontrando gatos perdidos.
Ôshima, joven bibliotecario, solitario y peculiar, va en busca de una amistad que le permita ser él mismo, sin moverse del sitio, rodeado de libros.
Hoshino, sin muchas luces pero con buena voluntad, todavía con el pesar de la muerte de su abuelo, encuentra en
Bethooven una calma inusitada.
La señora Saeki, arrastra la muerte de su amor de juventud en su corazón, anclada para siempre en un cuadro,
Kafka en la orilla y en una canción.
Muchos personajes que se cruzan y viven y se enamoran (o simplemente recuerdan cómo era estar enamorado), y sufren y sueñan, mientras la grieta de lo irreal se ensancha e invade nuestro mundo, y una puerta que no debería abrirse, o quizás si, permanece, ya sea en un cuadro, en un bosque o en una simple piedra.
Mi amigo Beto me dijo sobre Murakami, que es capaz de hacer de lo peculiar, lo cotidiano. No importa lo raras o surrealistas que se pongan las cosas, porque el autor puede hacer que todo parezca lo mas normal del mundo. Y estoy completamente de acuerdo.
Me atrae esa aparente normalidad de una manera absoluta, porque la vida real, también está llena de momentos extraños y absurdos, en los que, por lo menos a mi me pasa así, la música de
La dimensión desconocida empieza a sonar dentro de mi cabeza y no puedo evitar pensar, mientras el vértigo me embarga:
ahora, va a ser ahora, el espacio continuo-tiempo va a rasgarse y un enorme agujero negro va a tragarse todo lo que conozco.
Y esta es la sensación que he tenido durante toda la lectura de
Kafka en la orilla, vértigo hacia lo desconocido
Y mis horizontes se han abierto, y he mirado hacia el abismo, y él, me ha devuelto la mirada.
Ficha en Cyberdark