
A veces esa sensación solo me dura esos segundos, para nunca mas volver, (está claro que no todas las películas van a ser fantásticas), otras veces la sensación perdura, me siento flotando en la butaca del cine, mientras transcurren los minutos, y deseo que nunca acabe. No necesariamente tienen que ser pelis largamente anticipadas (de hecho nunca lo son), me sucede mas bien en esas, en las que ni yo se muy bien porqué voy a verlas. Normalmente con mi madre, entonces salimos las dos del cine y comentamos lo mucho que nos ha gustado, cómo la actriz protagonista se ha lucido, o qué lograda que estaba esa escena en particular.
Con Pippa Lee (Robin Wright, ¿cuándo se convirtió la Princesa Prometida en tan buena actriz?) me ha pasado eso, me enamorado en los primeros segundos, de su oz en off, de su actual vida monótona, y de su torbellino anterior, de su madre bipolar (impresionante Maria Bello), de su tía, la bondad personificada y su compañera (Robin Weigert y Julianne Moore), o de la amiga loca (Winona Ryder), de sus hijos uno queriéndola y el otro odiándola (o algo así), de su vecino (Keanu Reeves, en un papel que le pega mucho), al que le falta un hervor, de su marido mayor (Alan Arkin) al que cuida religiosamente.
Y no es una gran película, no. Es simplemente una de esas para las que nunca pasará el tiempo, de esas que cada vez que la pille por la tele, la volveré a ver, por que si.
¡Ah!, Pippa Lee, con tantas vidas vividas y por vivir, háblanos un poquito mas de ti, déjanos conocer tu misterio, que es el nuestro.
Puntuación: 7'5
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